Me gusta viajar en tren. Coger el tren es para mi
como volver a la infancia. Una alegría momentánea, una
emoción nerviosa, un ansia ilusionada, una sorpresa
continua,… Y es que viajar en tren, todas las veces
te depara sorpresas.

Yo casi todos los días viajo en tren. En un tren
corriente, de diario, de gente trabajadora en su
mayoría que vamos a Zaragoza a ganarnos las
habichuelas y el pan y el vino y la hipoteca y el
seguro del coche y, porqué no, también algún
caprichito más o menos confesable.

Suena el despertador. De inmediato se pone en marcha
la rutinaria máquina del quehacer diario. Todo con una
sola idea, hacer todo lo que haya que hacer para
estar, sin retrasarse un solo minuto, a la hora
debida, en la estación. Siempre corriendo, acabas de
mal-atarte los cordones de las botas, cerrando la
puerta de casa haces memoria, a ver que me dejo
hoy,… La cartera no, el móvil tampoco… Bien, Vamos
pues. Miras el reloj… Aprietas el paso, vas
demasiado justo. De pronto te viene a la cabeza, ¿He
cogido la tarjeta de entrada al trabajo? Dudas. Es
demasiado tarde para pararte a ver y aún más para
volver a por ella así que lo mismo da. Si me la he
dejado, mala suerte, me tendré que sacar un pase de
día.

Por fin, sudando, llegas a la estación. Lo has
conseguido.

Por cierto, cada día da más pena esta bendita
estación. Primero quitaron el personal que trabajaba
allí por lo que ya no hay nadie que te informe de que
el tren llega con retraso, cosa, afortunadamente, cada
día menos habitual. Luego apagaron la calefacción de
la salita de espera, luego quitaron las puertas de la
misma (todo esto, se comenta, con el pretexto de que
no pasaran la noche en la estación personas que no
tenían la habilidad o el interés de encontrar otro
sitio mejor donde pasarla). Lo que sí que han
conseguido es que nos jodamos de frío los que allí
esperamos. El último intento de hacernos la espera
imposible ha sido el apagado de las luces. Sí, de
todas las luces, no sólo las de la sala de espera,
también las que iluminan las vías del tren. O sea, que
la oscuridad es total si tienes que coger, como en mi
caso, el tren a las 6:45. Una sinvergüenzada, un
tomadura de pelo, un ultraje para los ciudadanos de a
pie y para todos los que pensamos que el tren ha de
ser, no sólo un medio de transporte sino también un
servicio, constatar el abandono del ferrocarril
tradicional (en contraposición a los modernos AVEs,
mucho más elitistas, exclusivos, inalcanzables tanto
geográfica como económicamente, que no cumplen ninguna
misión social, ni integradora, ni de
sostenibilidad,…) Y así va todo. Paciencia para
resistir y constancia para perseverar en la queja, que
es de lo poco que se nos dejan hacer, quejarnos y
luchar civilizada pero decididamente contra las
injusticias.

Retomo el tema anterior. “Por fin, sudando, llegas a
la estación. Lo has conseguido”. Miras, con otras
personas que también comparten la espera contigo hacia
allá donde se pierden los raíles, detrás del puente.
Hace frío. Esta oscuro. No se ven más que las luces de
la Dow. La inicial relajación que te llena al haber
llegado a tiempo se torna nuevamente en ansiedad.
¿Vendrá a su hora? Miras al reloj, y 40, aún le quedan
dos minutos. Dos minutos tan largos que parece que no
se vayan a terminar. Das vueltas, miras el reloj,
miras al puente, miras al reloj, miras a uno y otro
lado, mueves las piernas como si necesitaras ir al
baño, miras al reloj, tic-tac, tic-tac, tic-tac,
dudas, no va ha llegar a su hora, tic-tac, tic-tac,
suspiras, miras a la gente que te rodea, comentas que
parece que se retrasa, siempre hay alguien que te dice
que aún le queda un minuto, tic-tac, tic-tac, tic-tac,
(porqué habrán quitado al jodido jefe de estación)

Y, por fin, aparece la luz. Una sola luz. Como el ojo
de un cíclope enorme que se va acercando para
devorarte, con ese sonido profundo, grave, interior,
tuku-tuku-tuku-tuku-tu…

Soltando un bufido de vapor, el tren se detiene.
Aprietas el botón de apertura de puertas y saltas a su
interior, a sus tripas.